Hay decisiones que, sin pretenderlo, terminan abriendo debates mucho más grandes de lo que parecía al principio.
Una convocatoria relacionada con el mundo del fútbol ha vuelto a poner sobre la mesa una pregunta incómoda para quienes trabajamos en el sector creativo:
¿qué valor tiene el trabajo de un diseñador cuando se presenta como una oportunidad, pero no existe una compensación económica por realizarlo?
La cuestión no es nueva.
Agencias, estudios y profesionales independientes llevan años encontrándose con propuestas en las que se ofrece visibilidad, promoción o la posibilidad de aparecer asociado a una determinada marca como supuesto intercambio por horas de trabajo.
Y quizá haya llegado el momento de hablar de ello sin rodeos.
Porque una cosa es participar voluntariamente en un concurso.
Y otra muy diferente es pedir trabajo profesional bajo la promesa de que el premio será precisamente conseguir reconocimiento.
El diseño no es solo tener una buena idea
Existe una percepción bastante extendida de que diseñar consiste en tener una idea brillante y convertirla rápidamente en una imagen.
Ojalá fuera tan sencillo.
Antes de llegar a esa idea hay investigación, referencias, análisis, contexto y decisiones.
Después llegan las pruebas, las modificaciones, las reuniones, las presentaciones y los ajustes.
Incluso cuando el resultado final parece sencillo, detrás puede existir una enorme cantidad de trabajo.
Un logotipo puede ocupar unos pocos centímetros en una pantalla.
Una identidad visual puede resumirse en unas cuantas páginas de un manual.
Un cartel puede parecer una composición sencilla.
Pero el resultado final no representa el tiempo que se ha invertido únicamente delante del ordenador.
Representa también experiencia, criterio y capacidad para tomar decisiones.
Y eso forma parte del trabajo.
La trampa de la visibilidad
“Te damos visibilidad”.
Es una frase que cualquier profesional creativo probablemente ha escuchado alguna vez.
La visibilidad puede ser interesante.
Por supuesto.
Conseguir que más personas conozcan tu trabajo puede abrir puertas, generar contactos o ayudarte a conseguir nuevos proyectos.
El problema aparece cuando se utiliza como sustituto sistemático de una remuneración.
Porque la visibilidad no paga una factura.
Tampoco compra licencias de software.
Ni cubre horas de trabajo.
Ni sustituye la experiencia acumulada durante años.
Y, sobre todo, no convierte automáticamente un trabajo profesional en trabajo gratuito.
Pero ¿y si es un concurso?
Aquí está la parte interesante.
No todo concurso de diseño es necesariamente una mala práctica.
Existen convocatorias en las que participar puede tener sentido para un profesional: concursos con premios económicos, reconocimiento real, condiciones transparentes y unas bases que dejan claro qué derechos adquiere la organización sobre las propuestas.
Participar en uno de ellos puede ser una decisión perfectamente legítima.
El problema aparece cuando las condiciones hacen que una gran cantidad de profesionales invierta tiempo y conocimiento para que finalmente solo una propuesta reciba una compensación, mientras la organización obtiene una gran cantidad de trabajo creativo potencial a cambio de muy poco.
Por eso no deberíamos mirar únicamente el premio.
También hay que mirar las condiciones del concurso.
¿Quién puede participar?
¿Qué recibe el ganador?
¿Qué ocurre con las propuestas descartadas?
¿Quién adquiere los derechos?
¿Puede la organización utilizar las propuestas no ganadoras?
¿Existe una compensación?
¿Se especifica claramente el uso posterior del trabajo?
Son preguntas bastante importantes antes de ponerse a diseñar.
El diseño tiene un coste aunque no aparezca en la factura
Esta es una de las grandes contradicciones del trabajo creativo.
Una marca puede estar dispuesta a invertir miles de euros en publicidad, producción, impresión o campañas.
Sin embargo, cuando llega el momento de hablar del diseño que hace posible parte de esa comunicación, todavía aparecen conversaciones como:
“Es un momento”.
“Solo necesitamos una propuesta”.
“Si sale bien, te damos visibilidad”.
“Te puede servir para el portfolio”.
El problema es que ninguna de esas frases hace desaparecer el trabajo necesario para conseguir el resultado.
Si una empresa necesita una solución profesional, está utilizando conocimiento profesional.
Y ese conocimiento tiene un coste.
Lo barato no siempre sale barato
Además, infravalorar el diseño puede terminar perjudicando a la propia marca.
Una identidad visual mal planteada puede generar incoherencia.
Un cartel mal diseñado puede pasar desapercibido.
Una campaña sin una dirección visual clara puede perder fuerza.
Un logotipo que no funciona en diferentes aplicaciones puede convertirse en un problema durante años.
Por eso el diseño no debería entenderse como el último paso antes de publicar algo.
Forma parte de la estrategia.
El diseño no decora una decisión. Muchas veces ayuda a tomarla.
¿Qué ocurre cuando normalizamos el trabajo gratuito?
Aquí está el problema que va más allá de una convocatoria concreta.
Cuando una práctica se repite suficientes veces, termina pareciendo normal.
Y si cada vez resulta más habitual pedir propuestas gratuitas, ofrecer exposición como compensación o plantear trabajos profesionales como una oportunidad para “ganar visibilidad”, el mercado acaba asumiendo que ese es el funcionamiento normal de la profesión.
Entonces ocurre algo peligroso.
El cliente empieza a pensar que diseñar es barato.
El profesional empieza a sentir que tiene que aceptar determinadas condiciones para conseguir oportunidades.
Y quienes están empezando pueden llegar a pensar que trabajar gratis es simplemente una parte obligatoria de la profesión.
No debería serlo.
También tenemos responsabilidad los diseñadores
Defender el valor del diseño no significa rechazar cualquier oportunidad.
Cada profesional decide qué proyectos acepta.
Puede haber concursos que interesen.
Proyectos personales que merezcan la pena.
Colaboraciones sin remuneración que tengan un sentido concreto.
Incluso trabajos que decidamos realizar simplemente porque nos apetece.
La diferencia está en que sea una decisión consciente.
No una obligación.
No una condición para que alguien nos tome en serio.
Y mucho menos una situación en la que se utilice nuestra necesidad de conseguir trabajo para obtener trabajo profesional sin pagar por él.
Poner límites también forma parte de profesionalizar el sector.
El valor del diseño gráfico para una marca
Cuando hablamos de branding, el diseño tiene una función que va mucho más allá de la estética.
Una identidad visual ayuda a construir reconocimiento.
Permite diferenciar una empresa.
Organiza su comunicación.
Transmite determinados valores.
Y contribuye a generar una percepción coherente en todos sus puntos de contacto.
Por eso, cuando una empresa invierte en identidad visual, no está comprando simplemente un logotipo.
Está adquiriendo una herramienta que puede utilizar durante años.
El diseño tiene valor porque resuelve problemas.
¿Cuánto vale una idea?
Quizá esta sea la pregunta equivocada.
Una idea aislada puede surgir en unos segundos.
Lo difícil es convertirla en una solución que funcione.
Saber por qué utilizar una tipografía y no otra.
Entender cuándo un logotipo necesita simplificarse.
Decidir qué información debe desaparecer de un cartel.
Construir una jerarquía visual.
Crear diferentes aplicaciones de una identidad.
Defender una decisión delante de un cliente.
Eso no es simplemente “tener una idea”.
Es conocimiento.
Y el conocimiento profesional se construye con tiempo.
Lo que deberíamos empezar a valorar
Quizá el debate no debería centrarse únicamente en si una determinada convocatoria es buena o mala.
La conversación importante es otra:
¿qué tipo de relación queremos construir entre clientes y profesionales creativos?
Una basada en la confianza.
En unas condiciones claras.
En el respeto por el conocimiento.
Y en entender que detrás de cada pieza existe una persona que ha invertido tiempo y experiencia para conseguir un resultado.
Eso no significa que todo trabajo creativo tenga que costar lo mismo.
Significa que el trabajo creativo no debería considerarse gratuito por defecto.
En Lumazaki lo tenemos claro
En Lumazaki entendemos el diseño como una herramienta para ayudar a las marcas a comunicar mejor.
Eso implica pensar, investigar, probar, descartar y tomar decisiones.
A veces el resultado será un logotipo.
Otras veces será una identidad visual completa.
Quizá un catálogo, un cartel, un packaging, una web o una campaña.
El formato cambia.
El principio no:
el diseño es trabajo profesional.
Y si una marca quiere que su identidad transmita confianza, profesionalidad y valor, tiene bastante sentido empezar por tratar el proceso que la construye de la misma manera.
Conclusión
El debate sobre el trabajo creativo sin remuneración no es nuevo.
Tampoco desaparecerá porque hablemos de él una vez.
Pero cada convocatoria, cada propuesta y cada conversación con un cliente puede servir para preguntarnos qué estamos normalizando.
Participar en un concurso puede ser una elección.
Hacer una colaboración puede ser una elección.
Aceptar un proyecto sin cobrar puede ser una elección.
Lo importante es que sea nuestra elección y que conozcamos las condiciones.
Porque la creatividad puede ser apasionante.
El diseño puede abrir puertas.
Y la visibilidad puede tener valor.
Pero ninguna de esas cosas cambia una realidad bastante sencilla:
si alguien necesita tu trabajo profesional, tu trabajo tiene valor.